lúcu_lúcu (ver_mirar)

 

El uso de la doble negatividad tiene su oponente en el mismo texto.
El teatro bufo atendió a la expresión antes que al texto.

Con cierto matiz exótico, los argumentos descabellados e impredecibles del teatro bufo cubano del siglo XIX se relacionaron con temas inmediatos e improvisados, ajenos a toda pretensión de trascendencia. Este teatro, de carácter satírico, no consistía únicamente en una renovación formal de baja escala dentro del espectáculo del entretenimiento, sino también el reconocimiento de un nuevo individuo autoconsciente que reclamaba el escenario como una herramienta eficaz para desvirtuar las extorsiones y los sinsentidos reproducidos por una sociedad jerarquizada desde la administración colonial. Signos, símbolos y rituales convertidos en gestos colectivos que el bufo cuestionaría colocando en escena a los personajes y ambientes marginados dentro del contexto histórico social de la isla. Pero para ello había que definir un espacio diferenciado situándose fuera del lenguaje convencional.

A su vez, en la reclamación de lo negro como reivindicación urgente de una construcción identitaria no resuelta en la sociedad cubana, el bozal alcanzó un lugar preferente dentro de la interpretación bufa como parte estructural de su expresividad no hegemónica, desprendiéndose conscientemente de toda su connotación negativa y apoyándose, asimismo, en el estereotipo blackface instalado en el Minstrel. A partir de entonces el negro sobre blanco quedó relegado por el negro sobre negro.

El teatro bufo lograría así construir el instrumento de reconciliación y complementariedad de sentido que supondrá la articulación de dos realidades independientes, incluso contrapuestas, pero obligadas a complementarse. Porque lo público, recordemos, no es solamente lo conocido por todas y por todos, sino también, aunque sea ignorado o desatendido, lo ocurrido ante la posible mirada de lo público. Tensiones opuestas acogidas por el bufo, que al reafirmar una peculiar manera de sentir y manifestarse mediante el mestizaje de elementos minoritarios, periféricos o simplemente invisibles, logró finalmente dar cuenta de la conciencia de una imagen propiamente cubana. Y, sin embargo (o debido a ello), el tratamiento que obtuvieron sus intérpretes de los ilustradores de prensa del momento resultó ser el mismo que recibirían años antes los esclavos que llegaron a la isla; su imagen anulada por la ausencia de toda forma de expresión facial. Una mancha negra, un vacío estructurante, por donde acceder a este proyecto.

 


 

Parto, por tanto, de la idea de que se necesitan expresiones anexactas para designar la coexistencia de las dos negatividades – la de la lengua y la de la forma -. Asimismo, soy consciente de la necesidad de hurtar radicalmente la función comunicativa de los lenguajes articulados. Es decir, revelar su poder de figurar y no sólo significar. A fin de cuentas, construir sentido no es más que desconstruir la significación. Gesto que, por otro lado, responde al reverso de la mercancía, pues imposibilita cualquier valor de uso o valor de cambio. Ni siquiera responde a la posibilidad de la experiencia transcrita. Es praxis pura. Siempre teniendo en mente, no obstante, la irrepetibilidad de lo repetible; un tránsito de lo mismo a lo mismo, mediante el cual se establece una diferencia. El cuarto con la araña de Nietzsche que sube por la pared cuando, a la pregunta del demonio “¿Quieres que este instante se repita infinitas veces?”, se pronuncia la respuesta: “Sí, quiero”. Porque en La Habana todo permanece igual, pero ha perdido su identidad.

Reconozco también que La Habana tiene lugar por sí solo: hace, siendo.
Pero hay que aprender a leer de nuevo.

[ETXE BERRIA]

En la primera etapa tras el triunfo de la Revolución surge una nueva escala de composición arquitectónica, cuya mayor virtud se concretará cuando alcanza la máxima expresividad recurriendo a mínimos elementos. lift-slab. La nueva arquitectura planteada por Fernando Salinas no logra seducirme solo a mí sino también al paisaje cubano sin alterar la unidad lingüística a pesar de su interpretación planimétrica. Salinas logrará convertirse en mentor de las nuevas generaciones, que ya no se llamarán arquitectos, sino constructores. Surge entonces la Facultad de Construcciones; el Colegio de Arquitectos es sustituido por el Centro Técnico Superior de la Construcción y se suprime el “Día del Arquitecto” transformado en el “Día del Constructor”, que solía celebrarse a nivel nacional hasta hace bien poco el 13 de marzo, fecha de alta significación patriótica al coincidir con el aniversario del asesinato del líder estudiantil y alumno de arquitectura, José Antonio Echeverría, cuyo apellido de origen vasco significa, casualmente, casa nueva.

Esta imagen de la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría, justificación material de uno de los mayores logros arquitectónicos de la Modernidad Revolucionaria, transmite ese carácter de ensueño o utopía de progreso que queda desmantelado por las cavidades negras que me desconciertan. Vacíos que terminan representando lo único relevante de la imagen; su significado físico en tanto elementos exploratorios. Todo lo demás, desde lo vivido hasta lo construido, o los atributos físicos de la arquitectura representada, puede incluso haberse desvanecido o, lo que viene a ser lo mismo, no existir como testimonio consistente del presente. Sin embargo, estas cavidades negras han querido desmentirme una representación transparente de su superficie y han cumplido en consecuencia

La venganza de lo idílico.